Nuestras compañeras del Observatorio Noctambul@s de la Fundación Salud y Comunidad (FSC), Ana Burgos García (ponente) y Gisela Hansen (moderadora de la sesión), han participado recientemente en el evento “Desafiando narrativas: Más allá de los mitos, una mirada crítica a la violencia sexual en presencia de drogas”, organizado por la entidad Dianova International, en el marco del Foro de ONG de la CSW70. Se trata de un encuentro paralelo celebrado de manera online, cuyo objetivo ha sido cuestionar las narrativas dominantes sobre la violencia sexual en contextos donde hay presencia de sustancias. Se ha puesto el foco en las desigualdades estructurales de género, las dinámicas de poder y el papel que juegan los discursos mediáticos en la construcción de estos imaginarios.
El evento, realizado el pasado 19 de marzo, se ha enmarcado en la 70ª sesión de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer (CSW70), celebrado estos días en la sede de las Naciones Unidas, cuyo tema principal ha sido «Garantizar y reforzar el acceso a la justicia para todas las mujeres y niñas, entre otras cosas promoviendo sistemas jurídicos inclusivos y equitativos, eliminando las leyes, políticas y prácticas discriminatorias y abordando las barreras estructurales».
Este encuentro paralelo ha reunido a expertas de distintas entidades, entre ellas FSC, para analizar cómo el discurso público ha simplificado el fenómeno al centrar la atención en las drogas, en lugar de en los agresores y las desigualdades estructurales que permiten la violencia sexual, así como en los marcos narrativos que contribuyen a invisibilizar estas dimensiones.
Reuniendo perspectivas del ámbito de la igualdad de género, la reducción de daños y la política de drogas, en la sesión se ha explorado cómo el discurso público puede ir más allá de los mitos y las narrativas estigmatizantes hacia enfoques más interseccionales, basados en evidencia y orientados a la justicia, incorporando una mirada crítica sobre cómo se producen y reproducen socialmente estos relatos.
Durante el evento, las ponentes han coincidido en señalar que los relatos más extendidos —como la llamada “sumisión química” o la “violencia sexual facilitada por drogas”— no reflejan la realidad predominante. Según han destacado, la mayoría de las violencias sexuales no se producen por la administración encubierta de sustancias, sino porque los agresores se aprovechan de situaciones de vulnerabilidad, a menudo en contextos donde existe consumo voluntario de alcohol u otras drogas. Ello, según han señalado, pone de relieve el carácter oportunista y estructural de estas violencias, más que su carácter excepcional o extraordinario.
Las expertas han advertido que este enfoque no es neutral, al situar a las drogas en el centro del discurso, desviando la atención de las raíces estructurales de la violencia sexual, como la desigualdad de género, las normas patriarcales y las relaciones de poder. Además, han señalado que contribuye a reforzar el estigma hacia las personas que consumen sustancias y hacia comunidades ya marginadas, al presentar las drogas como agentes casi “causales” de la violencia, en lugar de analizarlas dentro de un contexto social y político más amplio.
El debate también ha abordado cómo estas narrativas influyen en la percepción social de las víctimas. Cuando hay consumo voluntario de drogas o alcohol, las supervivientes suelen enfrentarse a mayores niveles de escepticismo y culpabilización, lo que dificulta el reconocimiento de sus experiencias y perpetúa el silencio en torno a muchas formas de violencia sexual, reproduciendo patrones de descrédito y deslegitimación de las víctimas.
A lo largo del encuentro, se han abordado cuestiones clave para replantear el enfoque actual. Entre otras, ¿qué ocurre cuando las drogas se convierten en la principal explicación de la violencia sexual?, ¿cómo desplaza el foco hacia las sustancias la atención que debería situarse en los agresores y en las desigualdades estructurales que permiten la violencia?, ¿qué experiencias de violencia sexual permanecen invisibles bajo las narrativas dominantes?, ¿cómo los mitos en torno a la “sumisión química” o la “violencia sexual facilitada por drogas” ocultan las formas más comunes de violencia y refuerzan el estigma hacia las mujeres y las personas que usan drogas?
En esta línea, la intervención de Ana Burgos ha profundizado especialmente en el papel de los medios de comunicación en la construcción de estos imaginarios. A partir del análisis desarrollado por el Observatorio Noctambul@s, ha señalado que los discursos mediáticos tienden a recurrir a enfoques sensacionalistas y de pánico moral, priorizando casos excepcionales, llamativos o extremos —como la “burundanga”, el “spiking” (añadir sustancias – normalmente drogas – a la bebida de otra persona sin su consentimiento) o los “pinchazos”— que, aunque generan gran impacto, no representan la realidad mayoritaria de las violencias sexuales.
Asimismo, ha destacado que estos relatos mediáticos suelen descontextualizar la violencia, presentándola como un hecho aislado y extraordinario, donde el agresor queda difuminado o incluso ausente, mientras que las sustancias adquieren un papel central como supuesta causa explicativa. Esta lógica contribuye a desplazar la responsabilidad, dificultando la identificación de las dinámicas estructurales que sostienen la violencia sexual.
En este sentido, también ha subrayado cómo los medios construyen mitos no solo sobre las sustancias, sino también sobre los espacios y la prevención, concentrando la atención en el ocio nocturno y en las mujeres jóvenes, mientras se invisibilizan otros contextos —como los entornos domésticos o de confianza— donde la violencia es igualmente frecuente. Del mismo modo, ha señalado que muchas campañas preventivas terminan responsabilizando a las mujeres (vigilar la bebida, no consumir, no quedarse solas), reforzando la idea de que deben adaptarse a la violencia, en lugar de cuestionar a quienes la ejercen.
En conclusión, en el evento se ha subrayado la necesidad de reorientar el discurso público hacia las desigualdades estructurales de género, el estigma y las dinámicas de poder, que sitúen en el centro la responsabilidad de los agresores y las estructuras que perpetúan la violencia, cuestionando las narrativas dominantes que explican la violencia sexual en presencia de sustancias principalmente a través de las drogas.
En este contexto, la participación de nuestras compañeras de la Fundación Salud y Comunidad, Ana Burgos García (ponente) y Gisela Hansen (moderadora), ha sido especialmente relevante, aportando una mirada crítica y fundamentada desde la labor del Observatorio Noctambul@s de la Fundación Salud y Comunidad. Su contribución ha permitido visibilizar el papel clave de los discursos —especialmente mediáticos— en la construcción social de la violencia sexual, reforzando la necesidad de transformarlos como parte de la respuesta institucional y social. Su aportación ha permitido reforzar el papel de FSC como referente en la promoción de enfoques basados en derechos y comprometidos con la transformación social frente a la violencia sexual.


