Ante todo, quiero agradecer la oportunidad de participar como voluntaria en los Pisos de acogida para mujeres y sus hijos e hijas víctimas de violencia de género con problemas de consumo de drogas de la Fundación Salud y Comunidad (FSC) en Barcelona.
Decidí formar parte de este proyecto porque considero que todas las personas merecen una oportunidad para reconstruir su vida y recuperar su bienestar. Muchas de estas mujeres han atravesado situaciones de gran vulnerabilidad marcadas por la violencia, la exclusión social y, en muchos casos, por problemas de adicción. Estas experiencias suelen dejar profundas secuelas emocionales que afectan a la autoestima, la confianza y la capacidad de proyectarse hacia el futuro. Por ello, creo que es fundamental que puedan contar con espacios seguros, así como con profesionales y personas voluntarias que las acompañen en sus procesos de recuperación. Poder formar parte de ese acompañamiento supone para mí una experiencia profundamente enriquecedora, tanto a nivel personal como humano.
Mi labor como voluntaria consiste en impartir clases de yoga a las mujeres residentes. Considero que esta práctica puede aportar beneficios especialmente valiosos en un contexto como este, ya que ofrece un espacio de calma y autocuidado que muchas veces ha estado ausente en sus vidas. A través de la respiración consciente, el movimiento y la atención plena, el yoga les permite detenerse, escuchar sus necesidades y reconectar con su cuerpo desde una perspectiva amable y respetuosa.
Esta dimensión resulta particularmente importante en mujeres que han sufrido violencia de género, ya que con frecuencia estas experiencias generan una desconexión corporal y emocional. El yoga puede contribuir a recuperar la sensación de seguridad en el propio cuerpo, favorecer la regulación emocional y proporcionar herramientas para gestionar la ansiedad, el estrés o los pensamientos intrusivos. Además, fomenta la autoestima y la confianza personal, aspectos esenciales para afrontar los cambios y desafíos que implica cualquier proceso de recuperación.
Compartir este camino con ellas es una experiencia muy valiosa, tanto con quienes llegan motivadas desde el principio como con aquellas que muestran más resistencia o inseguridad. Al comienzo, algunas se sienten observadas o creen que no serán capaces de realizar la práctica, pero poco a poco van descubriendo que el yoga no exige rendimiento ni perfección, sino presencia y escucha. Es muy gratificante observar su evolución: cómo exploran la práctica durante los días en que no compartimos clase, cómo realizan sus propias propuestas, comparten sus logros, mantienen la constancia y se apoyan mutuamente. Estos pequeños avances reflejan no solo una mejora en la práctica física, sino también un aumento de la confianza en sus propias capacidades.
Otro aspecto especialmente significativo es la creación de vínculos entre las participantes. Las clases se convierten en un espacio compartido donde pueden sentirse acompañadas, reconocidas y comprendidas. La posibilidad de construir relaciones basadas en el respeto, la cooperación y el apoyo mutuo contribuye a combatir el aislamiento que muchas han experimentado y fortalece el sentimiento de pertenencia a una comunidad.
Además de afrontar las consecuencias de la violencia sufrida, muchas de ellas deben enfrentarse a procesos de recuperación relacionados con las adicciones. A ello se suman las dificultades económicas, la búsqueda de empleo y la responsabilidad de cuidar de sus hijos e hijas. Todas estas circunstancias hacen que su proceso de recuperación sea complejo y requiera una intervención integral que contemple, tanto las necesidades materiales como las emocionales y sociales. Por este motivo, resulta imprescindible que dispongan de recursos especializados y de una red de apoyo sólida que les permita avanzar de manera sostenida hacia una vida más autónoma.
Estoy convencida de que, con los recursos adecuados y el acompañamiento necesario, estas mujeres pueden recuperar su autonomía, fortalecer sus capacidades y desarrollar todo su potencial. En este proceso, el yoga no constituye una solución aislada, sino una herramienta complementaria que puede favorecer el bienestar físico y emocional, promover el autoconocimiento y ofrecer recursos útiles para afrontar las dificultades cotidianas. Poder contribuir, aunque sea modestamente, a ese camino de recuperación y crecimiento personal es una experiencia que considero profundamente valiosa y transformadora.
Carmina Araez, voluntaria de los Pisos de acogida para mujeres y sus hijos e hijas víctimas de violencia de género con problemas de consumo de drogas de FSC.
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