Marie Laure Rodríguez Quiroga es musicoterapeuta, trabajadora social, e investigadora especializada en violencia machista y recuperación del trauma. Actualmente, es doctoranda en la Universidad Miguel Hernández de Elche, donde investiga la eficacia de la musicoterapia en el bienestar y la salud psicológica de mujeres en situación de violencia machista de pareja. Cuenta con treinta años de experiencia en intervención con mujeres en situación de violencia machista, investigación y docencia. Ha dirigido el Centro de Acogida Inmediata para víctimas de violencia de género de Álava, gestionado por la Fundación Salud y Comunidad (FSC) y coordinó el Departamento “Equality and Women Studies” (Estudios de Igualdad y de la Mujer) en la EuroMed University_EMUI y la Euromediterranean Network Against Sexual Violence. Su trabajo integra musicoterapia, teoría del trauma, teoría polivagal y empoderamiento de las mujeres, habiendo desarrollado proyectos de intervención, investigación y divulgación, tanto a nivel nacional como internacional.
– ¿Cómo surgió tu propuesta de integrar la musicoterapia en el ámbito de la violencia machista?
La propuesta surgió de mi trayectoria profesional trabajando con mujeres que han vivido situaciones de violencia machista. Durante años, he podido observar las dificultades que muchas de ellas encuentran para expresar determinadas emociones, únicamente a través de la palabra, e incluso acompañar el proceso de recuperación y liberación de la violencia machista, sin caer en la victimización secundaria. La música ofrece una vía diferente, más segura y menos invasiva, para conectar con la propia experiencia, con los recursos personales y con la capacidad de empoderamiento.
Además, cuando comencé a revisar la literatura científica, descubrí que existían muy pocos estudios sobre musicoterapia y violencia machista, apenas una docena de investigaciones, a pesar de la prevalencia de esta realidad a escala mundial. Esa falta de producción científica me llevó a querer aportar evidencia científica y abrir nuevas posibilidades de intervención.
– ¿Qué respuesta hubo en los centros, de cara a la realización de estas sesiones?
La acogida por parte de los centros ha sido muy positiva. Desde el primer momento, mostraron interés por incorporar una propuesta innovadora que complementara los recursos terapéuticos que ya ofrecen a las mujeres.
Las participantes son mujeres adultas que han vivido o están viviendo situaciones de violencia machista de pareja. Algunas residen en recursos de acogida y otras reciben atención ambulatoria en servicios especializados. Son mujeres con trayectorias muy diversas, edades diferentes y momentos distintos, dentro de su proceso de recuperación, pero todas comparten la necesidad de reconstruir su bienestar emocional, fortalecer su autoestima y recuperar la confianza en sí mismas.
– ¿Cómo está siendo la experiencia de llevar a cabo estas sesiones en los distintos centros?
Actualmente, están participando diferentes recursos dirigidos por la Fundación Salud y Comunidad, entre ellos el SSLL Segrià, SAR SEGRIÀ, Pisos de Violencia Machista y Adicciones, CMAU-VM, Espai Ariadna, el SIE de Tarragona y el CRI Constanza Alarcón de Mutxamel, en Alicante.
La experiencia está siendo profundamente enriquecedora, tanto a nivel profesional como humano. Cada centro tiene sus propias características, sus dinámicas y sus realidades particulares, pero hay algo que se repite en todos ellos: la necesidad de disponer de espacios seguros donde las mujeres puedan reconectar consigo mismas, más allá de la violencia que han vivido.
– ¿De qué forma se aplica esta metodología en las sesiones?
En las sesiones de musicoterapia, las participantes utilizan la música de manera directa mediante improvisación, creación musical, trabajo con canciones, instrumentos y experiencias grupales.
Uno de los aspectos más innovadores del proyecto es que el empoderamiento no se trabaja necesariamente desde el relato de la violencia. Tradicionalmente, las intervenciones han puesto el foco en que las mujeres vuelvan una y otra vez sobre las experiencias traumáticas. En este caso, el foco se sitúa en sus fortalezas, recursos, identidad, capacidad de decisión y proyectos de futuro. Esto permite evitar procesos de victimización secundaria y crear espacios terapéuticos donde las mujeres no son definidas por la violencia vivida, sino por sus capacidades y potencialidades.
– ¿Qué es lo más gratificante o significativo para ti de tu trabajo en estas sesiones?
Lo más gratificante es observar cómo las mujeres vuelven a conectar con partes de sí mismas que habían quedado silenciadas. A menudo llegan con sentimientos de inseguridad, miedo o pérdida de confianza, y poco a poco, comienzan a reconocerse desde otro lugar.
También, resulta muy emocionante ver cómo se generan redes de apoyo entre ellas. La música facilita encuentros muy auténticos y permite compartir experiencias sin necesidad de verbalizarlas constantemente. Ver aparecer sonrisas, creatividad, iniciativa y nuevas formas de relacionarse es probablemente uno de los aspectos más valiosos de este trabajo.
– Por otra parte, el programa también contempla intervención con las profesionales. ¿En qué consiste?
Esta es una de las líneas más innovadoras de la investigación. Hasta donde he podido comprobar, no existen estudios que hayan analizado el impacto de la musicoterapia en profesionales que trabajan con mujeres en situación de violencia machista.
Las profesionales participan en sesiones individuales utilizando el método BMGIM (Bonny Method of Guided Imagery and Music), una metodología de musicoterapia receptiva que combina escucha musical e imaginación guiada. El objetivo es ofrecer un espacio de cuidado profesional que ayude a gestionar el desgaste emocional asociado al trabajo cotidiano con situaciones de trauma, sufrimiento y vulnerabilidad.
– Desde que empezaste estas intervenciones, ¿qué cambios o resultados has podido observar, tanto en las mujeres como en las profesionales?
Aunque la investigación todavía está en marcha y los resultados definitivos requerirán el análisis estadístico correspondiente, ya se observan cambios muy interesantes.
En muchas mujeres, se aprecia una mayor participación, una mejora en la expresión emocional, un fortalecimiento de la autoestima y una mayor confianza en la toma de decisiones. También destacan cambios en la forma en que se perciben a sí mismas y en cómo imaginan su futuro.
En las profesionales, las primeras impresiones apuntan hacia una mayor conciencia de sus propias necesidades de autocuidado, una mejor identificación de señales de desgaste emocional y una sensación de mayor bienestar y regulación interna.
– ¿Existen desafíos específicos al implementar la musicoterapia en este contexto que quieras destacar?
Sí, existen varios desafíos. Uno de ellos es que todavía hay poco conocimiento sobre el potencial de la musicoterapia en este ámbito, por lo que a menudo es necesario explicar qué es exactamente y cuáles son sus fundamentos científicos.
Otro reto importante es trabajar siempre desde una perspectiva sensible al trauma. La música tiene una enorme capacidad para movilizar emociones, por lo que es fundamental diseñar intervenciones seguras, respetar los ritmos individuales y garantizar que cada participante mantenga el control sobre su proceso terapéutico. Aquí es donde cobra especial importancia la teoría polivagal y la necesidad de interseccionarla con la musicoterapia para crear espacios seguros.
También supone un desafío desarrollar investigación rigurosa en contextos tan complejos, pero precisamente por eso resulta tan necesario.
– Parece ser que hay poca investigación sobre musicoterapia y violencia machista, y aún menos con profesionales. ¿Cómo crees que este enfoque podría influir en futuras intervenciones o en la práctica profesional de musicoterapia en este ámbito?
Sí, existen varios desafíos. Uno de ellos es que todavía hay poco conocimiento sobre el potencial de la musicoterapia en este ámbito, por lo que a menudo es necesario explicar qué es exactamente y cuáles son sus fundamentos científicos.
Otro reto importante es trabajar siempre desde una perspectiva sensible al trauma. La música tiene una enorme capacidad para movilizar emociones, por lo que es fundamental diseñar intervenciones seguras, respetar los ritmos individuales y garantizar que cada participante mantenga el control sobre su proceso terapéutico.
También supone un desafío desarrollar investigación rigurosa en contextos tan complejos, pero precisamente por eso resulta tan necesario.
– ¿Qué recomendaciones darías a otros/as profesionales que quieran explorar la musicoterapia con mujeres en contextos de violencia o con profesionales del ámbito?
Lo primero que recomendaría es formarse adecuadamente tanto en musicoterapia como en trauma y violencia machista. No basta con conocer técnicas musicoterapéuticas; es fundamental comprender cómo afecta la violencia a nivel psicológico, emocional, corporal y relacional. Trabajamos con personas que han vivido experiencias complejas y, por tanto, necesitamos intervenciones sensibles al trauma y basadas en la seguridad.
También recomendaría adoptar una perspectiva feminista y centrada en la persona. Durante mucho tiempo, muchas intervenciones se han focalizado en el daño sufrido. Sin embargo, es igualmente importante generar espacios donde las mujeres puedan recolectar con sus fortalezas, capacidades, recursos internos y proyectos de vida. La musicoterapia tiene un enorme potencial para ello porque permite trabajar con ellas aspectos profundos, sin necesidad de verbalizar constantemente experiencias dolorosas.
Otra recomendación seria respetar siempre los ritmos individuales. La música puede movilizar emociones muy intensas y abrir procesos significativos de reflexión. Por ello, es importante no precipitarse ni forzar experiencias para las que la persona quizá todavía no está preparada.
En el caso de las profesionales que trabajan con mujeres en situación de violencia machista, considero fundamental reconocer que quienes acompañan, también necesitan ser cuidadas. A menudo hablamos del impacto de la violencia sobre las mujeres, pero menos del efecto que la exposición continuada al sufrimiento ajeno, puede tener sobre los equipos profesionales. El burnout, la fatiga por compasión o el trauma vicario son realidades que merecen atención. Precisamente por eso creo que la musicoterapia puede convertirse también en una herramienta valiosa para el autocuidado profesional. La música facilita espacios de regulación emocional, reflexión, conexión con los propios recursos internos y fortalecimiento del bienestar psicológico. Incorporar estas prácticas de forma preventiva puede contribuir a la sostenibilidad del trabajo profesional y a una mejor calidad de la atención prestada.
Ante todo, quiero agradecer la oportunidad de participar como voluntaria en los Pisos de acogida…
Las personas usuarias de las Viviendas con Servicios para Personas Mayores del Ayuntamiento de Barcelona, gestionadas…
El Proyecto Malva de la Fundación Salud y Comunidad (FSC), ha hecho pública su campaña…
Nuestra compañera Sandra Tatay, directora del Servicio de Inserción Sociolaboral de la Fundación Salud y…
La psicóloga ecuatoriana Karina T. Proaño, especializada en el ámbito de las adicciones, y actualmente…
Diversas entidades sociales, sanitarias y científicas nos hemos articulado en los últimos meses con un…