Nuestro compañero Jordi Morillo, director de la Comunidad Terapéutica “Can Coll” de la Fundación Salud y Comunidad (FSC), ha participado recientemente en un congreso celebrado en el Instituto de Drogodependencias de la Universidad de Deusto, donde ha realizado el workshop “Prevención de recaídas en el ámbito penitenciario”, compartiendo los resultados del proyecto “Un espejo, dos reflejos”[1]. Su participación ha permitido dar a conocer una iniciativa innovadora que, desde hace una década, trabaja para tender puentes entre dos realidades tradicionalmente separadas: la de las personas privadas de libertad por delitos relacionados con el tráfico de drogas y la de las personas que realizan un tratamiento residencial para superar una adicción.
La Comunidad Terapéutica “Can Coll” de FSC, junto al Centro Penitenciario Lledoners, han consolidado una experiencia de intervención grupal que reúne a personas privadas de libertad por delitos relacionados con el tráfico de drogas y a personas usuarias en tratamiento residencial por adicciones. Durante su intervención en el congreso, Jordi Morillo, director de la Comunidad Terapéutica “Can Coll”, dio a conocer los principales resultados y aprendizajes de este proyecto que fomenta la empatía, la reflexión crítica y los procesos de cambio personal.
El programa generó un notable interés entre los profesionales asistentes al congreso por abordar, desde una perspectiva innovadora, dos de los grandes retos de la intervención socioeducativa y terapéutica: la prevención de las recaídas en el consumo de sustancias y la reducción de la reincidencia delictiva. Además, puso de relieve la importancia de promover actuaciones coordinadas entre los ámbitos penitenciario y comunitario para avanzar hacia modelos de rehabilitación más eficaces, humanizadores y centrados en las personas.
El proyecto, denominado “Un espejo, dos reflejos”, tiene como objetivo trabajar la empatía como eje terapéutico horizontal; generar conciencia sobre las consecuencias de los actos; reducir las recaídas en el consumo en la comunidad terapéutica; reducir la reincidencia en el delito en el centro penitenciario y favorecer la reinserción social mediante alternativas reales.
La iniciativa nació en 2015 como una propuesta pionera para cuestionar los estereotipos existentes entre personas consumidoras y personas privadas de libertad por delitos relacionados con el tráfico de drogas. Se destaca que, aunque resulta complejo medir de forma cuantitativa sus efectos a largo plazo, los resultados cualitativos obtenidos durante estos años respaldan la continuidad del proyecto. A lo largo de cinco ediciones, el programa ha demostrado que ambos colectivos comparten experiencias de sufrimiento, pérdida y necesidad de cambio.
Se desarrolla mediante cuatro sesiones grupales de tres horas de duración realizadas con frecuencia quincenal. Participan tres internos del programa RESCOM del Centro Penitenciario Lledoners y cinco personas usuarias de la Comunidad Terapéutica “Can Coll”. La primera sesión tiene lugar en el centro penitenciario, mientras que las siguientes se realizan en las instalaciones de “Can Coll”, en un entorno natural.
A través de una metodología basada en el encuentro, el diálogo y la reflexión compartida, el proyecto ha conseguido generar espacios de aprendizaje mutuo donde la responsabilidad y la toma de conciencia se convierten en herramientas fundamentales para favorecer procesos de cambio personal y social.
Los equipos profesionales implicados en el proyecto consideran que el contacto directo entre ambos grupos contribuye a desmontar prejuicios profundamente arraigados y favorece procesos de responsabilización personal. En este sentido, uno de los principales hallazgos ha sido constatar que las personas que realizan un tratamiento residencial para superar una adicción y las personas privadas de libertad por delitos relacionados con el tráfico de drogas comparten patrones comunes, como la mala toma de decisiones, la tendencia a trasladar responsabilidades a terceros y la falta inicial de conciencia sobre las consecuencias de sus actos.
Por otra parte, los testimonios recogidos durante el programa, reflejan un cambio significativo en la percepción de las personas participantes. Algunos internos reconocieron haber comprendido por primera vez el impacto de sus actividades sobre las personas consumidoras, mientras que las personas usuarias de la comunidad terapéutica afirmaron descubrir que las personas privadas de libertad por delitos relacionados con el tráfico de drogas también afrontan problemas familiares, emocionales y sociales similares a los suyos. Ambos grupos coinciden en sus motivaciones para cambiar: recuperar la salud, reconstruir los vínculos familiares y encontrar una alternativa de vida alejada de las drogas y la ilegalidad.
Como síntesis de la filosofía que inspira esta iniciativa, una frase ha quedado grabada entre participantes y profesionales: “La droga destruye desde cualquier lado del espejo”. Esta reflexión resume el principal aprendizaje del proyecto: más allá del papel que cada persona haya desempeñado en relación con las drogas, las consecuencias terminan afectando a todos los ámbitos de la vida personal, familiar y social. Precisamente por los resultados obtenidos y el impacto transformador observado en las personas participantes, las entidades impulsoras han reafirmado su compromiso de dar continuidad al programa, con el objetivo de seguir promoviendo cambios de creencias, reducir la reincidencia delictiva y las recaídas en el consumo, y fortalecer los procesos de rehabilitación e inclusión social.
[1] La experiencia se explica y está publicada en el libro “Personas, drogas y otras compañeras de viaje: Casos prácticos de intervención socioeducativa en drogodependencias” de Fran Calvo (coordinador) y diversos autores/as, entre ellos Jordi Morillo.
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