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Duelo migratorio: una historia de resiliencia y transformación personal

Llegué a Alicante desde Colombia en el 2022 con Sofia, mi hija, de 6 años de edad. Recuerdo que no conocía esta ciudad, ni a nadie. Sin embargo, como buena “nadante urbana” que soy, nos fuimos a recorrer Alicante para conocerla juntas.

En algún momento, mi camino se cruzó con el de una chica colombiana que me presentó a una señora y empecé a trabajar 2 horas a la semana. Todo estaba dentro de la normalidad. Vivía en un sitio seguro, tenía trabajo y Sofía inició su curso escolar con mucha ilusión. Pero, la que no estaba bien era yo.

Aunque no era consciente de ello, mi cuerpo había empezado a hablarme, pero yo normalizaba sus señales… No dormía bien ni conseguía descansar de forma reparadora. Siempre estaba alerta, preocupada. Hacía muchas cosas a la vez y, aun así, me parecía normal…

Hasta que un día, me di cuenta de que no estaba bien. Mi madre se había mudado a España y cuando hablé con ella sobre esto, decidimos ir al médico. Fue allí donde le puse nombre a lo que estaba viviendo: ansiedad generalizada y duelo migratorio.

Era la primera vez que escuchaba esa expresión: duelo migratorio. Me llamó la atención e incluso me hizo gracia, pero no le di demasiada importancia. Al fin y al cabo, yo estaba bien, o eso creía. Pensaba que lo que me pasaba eran sencillamente nervios, porque siempre me había considerado una persona nerviosa.

Un tiempo después, mi mamá me habló sobre el trabajo de la Fundación Salud y Comunidad, ya que había participado en uno de sus proyectos en Alicante (Conóce-T Empléa-T). Fue ella quien me habló de Milena, la técnica que la acompañaba en su búsqueda de empleo y, cuando me contó su experiencia, decidí ir y participar en el mismo programa que mi madre.

Al conocer a Milena, me sentí comprendida. Además de orientarme en el ámbito laboral, empezó a acompañarme en aspectos personales que me ayudaron a conocerme mejor, a comprenderme y a desarrollar herramientas para afrontar situaciones como la toma de decisiones.

Me entendía en muchas situaciones y, poco a poco, empecé a darme cuenta de algo que hasta entonces no había sabido reconocer: me sentía sola. Comprendí que encontrar a alguien que pudiera entender lo que estaba viviendo, también formaba parte de la experiencia migratoria.

Por otra parte, creía que lo tenía todo organizado y, en cierta medida, así era. Sin embargo, había otras cosas que me frenaban y que no había sabido identificar: creencias, prejuicios, falta de información y, sobre todo, la necesidad de contar con una guía que me acompañara en ese proceso.

Las reuniones con Milena y nuestras llamadas, en las que siempre me invitaba a reflexionar, razonar y poner mis ideas en orden, fueron guiándome poco a poco hacia un proceso de crecimiento y de organización interna. Empecé a mirarme a mí misma desde otra perspectiva, a reconocerme como mujer y a comprender mejor quién era y qué quería. Ese camino de autoconocimiento me ayudó a confiar más en mí misma y a reconocer el poder que tenía para tomar las riendas de mi propia vida.

En ese momento, me despidieron del trabajo en el que estaba, y no fue precisamente de la manera más amable. Me vi envuelta en la frustración y la incertidumbre, con el temor de perder la estabilidad laboral que tanto esfuerzo me había costado construir, como si tuviera que empezar de cero una vez más. Me vi obligada a salir de nuevo en busca de empleo, a enfrentarme a la incertidumbre y a vivir situaciones que, desde mi experiencia, identifico como formas de “racismo oculto” en actitudes, gestos y otras barreras que te hacen sentir que no partes de las mismas condiciones que las demás personas.

Fue entonces cuando recordé las palabras de Milena, esas que se me habían quedado grabadas en la cabeza como un disco rayado y que, una y otra vez, volvían a mí para orientarme en los momentos difíciles. Esta vez, decidí escucharlas y pasar a la acción. A mis 38 años, tomé una decisión que marcaría un antes y un después en mi vida: estudiar la ESO para personas adultas. Me dije: “¡no más!» Era hora de cerrar ciclos, de enfrentar aquello que había quedado pendiente y de apostar por mí. Sabía que obtener este título podía abrirme nuevas puertas, facilitar mi acceso a un empleo más estable y ayudarme a construir la estabilidad económica que tanto necesitaba. Pero, sobre todo, entendí que cada paso que daba me acercaba a la vida que quería construir para mí y por mí. Y lo conseguí. Obtuve mi título de la ESO y hoy estoy cursando un ciclo de Formación Profesional de Grado Medio.

A medida que avanzaba, también fui tomando conciencia de que había una parte de mí que necesitaba atención. Mis emociones, mis miedos y mis incertidumbres seguían ahí, latentes. Aunque estaba avanzando en muchos aspectos de mi vida, todavía había heridas, inseguridades y aspectos personales que necesitaba atender.

Milena me habló de otro proyecto de la Fundación Salud y Comunidad: el SIAF (Servicio Integral de Acompañamiento a Familias), que ofrece apoyo psicológico y terapéutico a las familias. En mi caso, el acompañamiento se centró en mis circunstancias particulares como parte de una unidad de convivencia monoparental.

Continué mi proceso con Milena y, gracias a ella, conocí a Carolina, también técnica de la entidad. Con Carolina encontré a una terapeuta franca y directa que me ayudó a descubrir a esa Viviana que llevaba tiempo escondida. Me hizo reconocer que dentro de mí había muchas cualidades positivas, capacidades y fortalezas que no siempre era capaz de ver. También me ayudó a identificar aquellas actitudes y patrones con los que, sin darme cuenta, terminaba poniéndome obstáculos a mí misma, y que necesitaba trabajar para dejar de autosabotearme.

Hoy sigo en ese camino de autoconocimiento. No tengo todas las respuestas ni he terminado de descubrirme, pero ahora soy más consciente de quién soy, de lo que siento y de lo que necesito. Miro la vida desde otra perspectiva y me reconozco de una manera diferente como mamá, mujer, hija y, sobre todo, como Viviana.

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