Los drogodependientes envejecen y plantean nuevas situaciones complejas

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El abuso y dependencia de drogas presentan características específicas cuando se combinan con los procesos de envejecimiento. Todo ello es sobradamente conocido en los casos de dependencia de alcohol y psicofármacos, pero está planteando situaciones recientes más novedosas, si nos referimos a las drogas “ilegales” tales como cannabis, cocaína o heroína.

Si bien el consumo de cannabis es algo más antiguo entre nosotros, la llamada “epidemia de heroína” empezó a manifestarse en España a finales de los años 70, alcanzando su apogeo durante los 80 y 90. Pues bien, muchos de aquellos dependientes que han sobrevivido a los riesgos de sobredosis, de accidentes y del sida están ya hoy rozando los 60 años, o incluso por encima. Ello plantea nuevas situaciones complejas de abordar, tanto para quienes detuvieron su consumo, pero adquirieron un notable deterioro mental físico o social, como para las personas que continúan usando drogas, ya sea en programas supervisados de mantenimiento con metadona o de forma ilegal. Muchos de los primeros empiezan a llegar a las residencias de mayores, o a recibir servicios de ayuda a domicilio. Los que siguen usando drogas pueden ser atendidos en centros de reducción de daños, ambulatorios o comunidades terapéuticas, por poner solo algunos ejemplos. Otros están encarcelados.

Como datos que nos acerquen a la magnitud del problema, señalemos que, a pesar de la percepción de la adicción a drogas como un fenómeno “juvenil”, actualmente los mayores de 40 años, más que la excepción, son ya la norma. Así, constituyeron más del 50% de las 360.880 visitas registradas en Cataluña, en el 2015, en centros de reducción de daños.  Y los mayores de 50 años supusieron ya un 13% de esas visitas. Entre las 13.779 nuevas admisiones a tratamiento en la misma comunidad y año, un 22% tenía más de 50 años (en este caso se incluye a las personas dependientes del alcohol).

A nivel europeo, pese a la diferencia entre países, la tendencia es la misma: si en 2006 uno de cada cinco usuarios de opiáceos que entraba en tratamiento tenía más de 40 años, en 2013 ya era uno de cada tres. En el mismo período, la edad media de los fallecidos por sobredosis había aumentado de 33 a 37 años.

La Fundación Salud y Comunidad (FSC) confronta esta problemática desde múltiples encuadres: así, Pepe Sanmartín, director del Centro de reducción de Daños (CIBE) en Valencia, explica que en el 2016, de los 595 casos con los que han trabajado, 2/3 tenía más de 40 años (66%), y  un 23% más de 50. Proporciones parecidas encontramos en el centro similar existente en Castellón, donde asimismo los mayores de 40 son ya mayoría (55%). Su directora, Belén Sánchez, afirma  que estas personas suelen ser antiguos usuarios de heroína en un programa de metadona, y que en la actualidad básicamente consumen cocaína base, alcohol y medicamentos.

Por otra parte, presentan una gran vulnerabilidad en razón de su deterioro físico y social, y aunque las cantidades consumidas pudieran parecer de bajo riesgo, esto no es cierto, precisamente a causa de su gran fragilidad.  El centro ha desarrollado, entre otras acciones, algunas específicas del ámbito de la educación de adultos con objeto de ayudar a ocupar y estructurar sus vidas, siendo los usuarios de mayor edad los que se involucran con mayor frecuencia en actividades como talleres de informática, de jardinería o de fotografía organizadas en el dispositivo.

En los programas de tratamiento en la prisión, como los que gestionamos para la Generalitat de Cataluña (SCS) también son ya mayoría los usuarios de más de 40 años. Por ejemplo, ascienden a 423 de los 801 internos e internas con los que hemos trabajado en 2016 en el marco de las prisiones de Brians (Barcelona), es decir, el 53%. Aquí los mayores de 50 son menos (11%), y menos todavía por encima de 60. Aproximadamente la cuarta parte de estos drogodependientes “mayores” realiza un programa de metadona en la prisión. Y en este ámbito también los reclusos que son mayores muestran una mayor motivación y se constituyen ante los demás como “expertos”, estando más seriamente afectados por la evolución de su infección por HIV, hepatitis y otras enfermedades.

Desde otro punto de vista, encontramos también personas que han usado intensivamente drogas ilegales en nuestros servicios de atención a personas mayores dependientes (y que a veces las siguen consumiendo, aunque lo habitual si persiste el consumo es haber pasado al alcohol). Toni Gelida, director del Área de Atención a la Dependencia de FSC, explica que en muchas residencias de mayores era común aceptar excepcionalmente personas cuya edad no justificaba todavía el ingreso, pero que estaban notablemente deterioradas por su dependencia a sustancias; actualmente, con los sistemas de puntuación para optar al ingreso establecidos por la Ley de Dependencia, esto es menos frecuente, con lo que surge el problema de dónde ubicar a estas personas. Y empiezan a llegar personas mayores, especialmente en algunos centros vecinos a barrios que han estado especialmente afectados por los problemas de drogas, que los han sufrido y que en ocasiones aún usan sustancias ilegales, o que las han sustituido por un abuso relevante de psicofármacos o bebidas alcohólicas. Ello plantea a menudo en esos entornos de convivencia situaciones difíciles, tanto para el personal de los centros como para el resto de los residentes.

Para ayudar a identificar mejor el problema, las respuestas que se están dando y entre ellas entresacar aquellas que suponen buenas prácticas dignas de ser difundidas e imitadas, la Fundación Salud y Comunidad participa en el proyecto europeo BETRAD (“un mejor tratamiento para los drogodependientes que envejecen”). El proyecto lo desarrolla un consorcio de siete organizaciones, entre los que se encuentran la Agencia de Salud Pública de Catalunya, ONGs y universidades provenientes de Luxemburgo, Holanda, Alemania y la República Checa, con colaboración del Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías (OEDT- EMCDDA).

En una primera instancia se pretende identificar buenas prácticas a nivel europeo. Concretamente, nuestra entidad está estudiando las actuaciones en España, Italia y Grecia. Posteriormente, se pretende dar a conocer los mejores ejemplos y elaborar una serie de “herramientas prácticas” que posibiliten a centros, instituciones y profesionales una mejor atención de estas personas. Estas herramientas pueden ser cuestionarios, guías para la organización de centros y servicios especializados, para la realización de terapias de grupo adaptadas al colectivo, etc.

Se espera disponer de unos primeros datos sobre la situación en Europa este verano, y más adelante se desarrollarán el resto de las acciones.

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