La experiencia de las salas de consumo supervisado en España

Expertos hablan de cómo funciona la atención a los drogodependientes en España, en concreto las salas de consumo supervisado, también conocidas como ‘narcosalas’.

Al doctor Xavier Ferrer, director de la Fundación Salud y Comunidad y del Máster de Especialización en Drogodependencias de la Universidad de Barcelona, le parece que el nombre de narcosalas se lo ha puesto su peor enemigo. Vinculado desde principios de los noventa a estos espacios que prefiere llamar salas de consumo supervisado.

Ferrer aclara que las salas de consumo no son una solución a enfrentar al resto, sino parte de un todo estratégico que va desde una prevención educativa a programas de desintoxicación o de tratamiento estándar con sustitutivos como la metadona o las comunidades terapéuticas. Teniendo en cuenta lo que podría llamarse el ciclo del adicto, las salas de consumo tienen dos objetivos primordiales.

El primero es que aquellos que todavía no se han planteado dejar las drogas consuman de «la manera menos peligrosa para ellos y la sociedad, entendiendo que gran parte del peligro no viene de la droga en sí sino de las condiciones insalubres en las que la consumen». El segundo es que los trabajadores sociales y enfermeros tienen con ellos un lugar de contacto en el que aprovechan los «momentos apropiados para animarles a cambiar de estilo de vida».

Y cuando tras «toda una serie de acontecimientos vitales», deciden que quieren dejarlo, los adictos tienen a su alrededor ya una red de profesionales que les pueden ayudar.

La sala Baluard en Barcelona lleva funcionando desde 2004. Abierta de nueve de la mañana a nueve de la noche, siete días a la semana, atiende mensualmente a unos 500 drogodependientes diferentes, de los cuales un 60 por ciento son habituales. A cada nuevo adicto que llega se le realiza una pequeña entrevista y un análisis médico para detectar posibles enfermedades como sida, hepatitis C o tuberculosis.

Compuesta tanto por una sala de venopunción (inyectado) como por una de fumado, Baluard ofrece toda una serie de servicios sociosanitarios alrededor como programas de vacunación, intercambio de jeringuillas, tratamiento médico tanto de enfermedades como en caso de sobredosis, educación… «El programa está orientado a ir dando calidad de vida al adicto», explica Josep Rovira, coordinador de la entidad que gestiona la sala, «y luego motivarle para cambiar sus hábitos de consumo o incluso dejarlo».

Pese a haber tenido algunos problemas con los vecinos, Barcelona ha anunciado que aumentará de cuatro a 14 las salas de consumo en la ciudad.

Para el estudioso Ferrer la prueba del buen funcionamiento de este modelo está en Suiza. Fue en Berna donde en 1986 se abrió la primera de estas salas y ahora Suiza es el lugar del mundo donde más hay. «Pese a ser una sociedad conservadora y tras varios referéndums en los que ciertos políticos querían cerrarlas», explica Ferrer, «la pragmática población suiza ha optado por mantenerlas abiertas ya que funcionan». Un detalle importante es que tanto los políticos suizos como los españoles han acordado no manipular de forma demagógica este asunto.

Frente a los que ven en este tipo de salas solo un intento de ayudar al «pobre toxicómano», Ferrer explica que también es un «intento inteligente por parte de la sociedad de ayudarse a sí misma» ya que una jeringuilla que se queda en una sala de consumo no espera en la calle a pincharse en el pie de un niño, un adicto colocado al que un sanitario no deja coger el coche no puede tener un accidente, menos gente con enfermedades crónicas es menos coste para el erario público y menos posibilidad de transmitirlas a los no consumidores de drogas…

E incluso hay algunos que quieren «dejarlo, lo consiguen y te los encuentras con una vida normal y satisfactoria», explica Ferrer. Y eso es posible gracias a que han tenido «opciones de futuro». En resumen, a que «han seguido vivos».

Fuente: El Tiempo (Carlos Carabaña)

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