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De la ciencia a las personas: la investigación de Bachillerato que se convirtió en un sueño con impacto real

Lo que comenzó como una inquietud académica en las aulas de Bachillerato, terminó transformándose en una vocación de vida. Aran Vilagran Díaz dio el salto de la teoría científica a la realidad humana al incorporarse como voluntaria en el “Centro de Día Crisàlide”, servicio gestionado por la Fundación Salud y Comunidad (FSC) en Barcelona. Allí, el contacto directo con las personas usuarias convirtió el conocimiento en empatía, marcando un antes y un después en su trayectoria personal y académica, a través de una experiencia profundamente transformadora. Este relato ha sido escrito por ella, que comparte en primera persona la vivencia que llevó su trabajo de investigación académico al terreno de la acción social.

Cuando empecé este proyecto, no sabía hasta dónde me iba a acabar llevando. Mi intención inicial era cumplir las directrices de un trabajo de investigación que se realiza aquí, en Cataluña, y aprovecharlo para poner a prueba mis dos grandes pasiones: la música y la ciencia. Por esta misma razón, desarrollé un estudio para observar los efectos que podía tener la música en personas con deterioro cognitivo asociado al consumo de drogas.

A mi llegada al “Centro de Día Crisàlide” de la Fundación Salud y Comunidad (FSC), esperaba encontrarme con pacientes, números, pruebas y resultados. Sin embargo, rápidamente descubrí que allí había mucho más: había personas, historias, sueños y experiencias que merecían ser escuchadas.

Durante el verano de primero de Bachillerato, tuve la oportunidad de desarrollar en este servicio la parte práctica de mi investigación. Sin embargo, aquella experiencia terminó siendo mucho más que eso. Conocí a grandes profesionales, crecí como alumna y como persona y, sobre todo, creé una complicidad con aquel entorno que todavía hoy me cuesta describir con palabras.

Después llegaron los resultados. Y, sin duda, demostraron que aquel proyecto no solo había significado algo para mí, sino también para las personas que habían decidido formar parte de él. Además, con el tiempo, comenzó a estudiarse cómo conseguir que este tipo de intervención pudiera llegar al mayor número de personas posible.

El estudio sacó a la luz mi faceta científica, como yo esperaba, pero también despertó una parte mucho más humana de mí. Aprendí que investigar no consiste únicamente en recoger datos, realizar pruebas y analizar resultados. También significa escuchar, observar, adaptarse y entender que cada persona que participa en una investigación es mucho más que un número dentro de una muestra.

Por ello, quise cerrar aquella etapa de una manera diferente. Organicé un pequeño concierto como forma de reconocimiento y agradecimiento a todas las personas que habían contribuido al proyecto y que habían hecho posible que aquel trabajo existiera. Para mí, la música siempre había sido una pasión, pero en “Crisàlide” descubrí también que podía convertirse en una forma de devolver algo a los demás.

Durante segundo de Bachillerato, me empezaron a llegar reconocimientos que me hicieron comprender que aquel proyecto había trascendido el aula. Primero, llegó una entrevista por parte del Departamento de Comunicación de la Fundación Salud y Comunidad (FSC), en la que pude comprobar que mi trabajo había llegado a otras personas y que lo que comenzó como un proyecto académico podía tener un impacto más allá de mí.

Posteriormente, tuve la oportunidad de presentar el trabajo en las Jornadas Científicas de Badalona a alumnado, científicos, representantes políticos y miembros de la alcaldía. Dentro de las propias Jornadas, fui seleccionada como una de las cuatro personas encargadas de defender su trabajo en el Teatro Zorrilla, ante las Aulas de Extensión Universitaria.

Por otra parte, en mayo, justo antes de empezar las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU), recibí un accésit en la categoría de Ciencias de la Salud de la Universidad de Manresa (UCC). Después, llegó la PAU y, finalmente, conseguí entrar en la carrera que quería.

Este verano llegó otro reconocimiento: fui anunciada como una de las cuatro finalistas de los premios al Mejor Trabajo de Investigación relacionados con la música de la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC). El veredicto final se conocerá el próximo 15 de octubre. Sea cual sea el resultado, llegar hasta aquí ya ha sido un sueño para mí. Nunca imaginé que aquel trabajo que empezó como una investigación de Bachillerato acabaría llevándome a vivir todas estas experiencias y a conocer a tantas personas.

Y cada uno de esos reconocimientos me ha hecho volver la mirada hacia el lugar donde empezó todo: el “Centro de Día Crisàlide” de FSC. Porque detrás de cada resultado, hay personas. Personas que me abrieron las puertas del centro. Profesionales que me acompañaron durante el proceso. Participantes que confiaron en mí y decidieron formar parte de una investigación que, para mí, acabó siendo mucho más que un trabajo de Bachillerato.

Y la música también siguió acompañándome después de mi etapa allí. Durante este tiempo, he continuado tocando en diferentes lugares, entre ellos el Hospital de Sant Pau de Barcelona, y también, distintos pianos públicos, simplemente con la intención de conseguir algo tan pequeño como sacar una sonrisa a alguien durante unos minutos.

Me gustaba pensar que, del mismo modo que la música había conseguido crear un vínculo en este servicio de FSC, también podía generar pequeños momentos de conexión con personas completamente desconocidas.

Con mi traslado, sin embargo, tuve que dejar atrás temporalmente esos momentos y los pianos que formaban parte de mi rutina en Barcelona. Ahora ha comenzado una nueva etapa. Me he separado de muchas de las cosas que habían formado parte de mi día a día: mi entorno, muchas de mis amistades y también, la rutina que conocía. Me he trasladado a Lérida para estudiar el Grado de Ciencias Biomédicas en la Universidad de Lérida.

Estoy en una ciudad nueva, rodeada de personas nuevas y empezando un camino completamente diferente. Un recorrido que, aunque supone dejar atrás muchas cosas, también resulta emocionante y, sin duda, acogedor.

Pero hay algo que no he dejado atrás. De vez en cuando, voy a tocar el piano del Hospital Universitario Arnau de Vilanova de Lérida y sigo encontrando en él esa conexión que, de alguna manera, fue lo que dio sentido a todo este proyecto desde el principio.

Aunque ahora no pueda tocar en los mismos lugares ni con la misma frecuencia que antes, la música continúa acompañándome. En estos momentos, mi camino continúa de la mano de la ciencia, pero no quiero dejar atrás la música.

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que aquel trabajo de investigación no terminó cuando entregué las últimas páginas. Continúa cada vez que recuerdo el “Centro de Día Crisàlide”, cada vez que vuelvo a tocar una tecla de piano y cada vez que me pregunto qué más puede llegar a hacer la ciencia cuando decide mirar a las personas que hay detrás de los datos.

Todo lo que ha venido después sigue formando parte de una historia que nunca imaginé que llegaría tan lejos. Y, con todo esto, ya es un sueño cumplido.

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